martes, 1 de abril de 2014

Ilusiones y sueños en el primer día de clase...


Cuento contigo
Ilusiones y globos

El hada pequeña se sentó en el césped e intentó acomodar su hermoso par de alitas en el tronco del árbol. Se había decidido a pensar en sus ilusiones, y sus ilusiones eran muchas y muy diferentes.
Una vez que encontró una posición cómoda, se puso a reflexionar sobre todo aquello que soñaba ser y hacer, en todas aquellas grandes y pequeñas cosas que le provocaban ilusión. ¡Eran tantas! ¿Estaría mal eso? ¿Sería acaso un error hacerse ilusiones por tantas cosas diferentes? La pequeña no lo sabía… o sí…, pero no estaba segura de que eso fuera lo correcto.
 Siempre había creído que la capacidad para ilusionarse era un don, una especie de regalo con el cual algunos nacen, y otros no. Ella había nacido con ese don, porque si algo tenía, era justamente eso: ilusiones.
 Sin embargo, cuando sus sueños no se concretaban o su esfuerzo por lograrlos parecía no importar mucho o no existir siquiera, el hadita pensaba que ese don era una especie de peso con el que cargaban sus alas.
 Sentada bajo la sombra del árbol, comenzó a repasar sus pequeñas y grandes ilusiones:
 - Un día de sol (esa era sencilla, porque, día más, día menos, el sol siempre sale).
- Ser la mejor hada sobre la Tierra (difícil, por cierto, ¿con qué varita se mide quién es mejor que otro?).
- No bajar jamás los brazos –las alitas tampoco– sean cuales sean las adversidades (más difícil aún; hasta las pequeñas hadas, de vez en cuando, se cansan de luchar).
- Sonreír siempre, y que su sonrisa sea una guía y un consuelo para otros (poco real, sin dudas, no siempre hay motivos para sonreír).
- Ser feliz (nada original… e ¿imposible también?).  
 La lista seguía y seguía. 
El hadita decidió que debía hacer una seria revisión de sus ilusiones porque sentía que cada día, un poquito más, aquellas que no se cumplían le provocaban más tristeza.
 ─¿Estaré más vieja? ─se preguntó y al instante se dio cuenta de que la pregunta era tonta. No solo porque las hadas no envejecen, sino, además, porque ser viejo no debería tener que ver con la tristeza. Movió su cabecita de un lado al otro como para sacudir esas ideas poco felices y desparramó polvo de haditas en el verde césped.
 Como por arte de magia o, mejor dicho, como por magia de hadita, cada pequeña partícula de polvo esparcida se convirtió en un globo. De pronto, muchos globos, tantos como las ilusiones de la pequeña, rodearon al hadita.
 ─¿Y esto? ─se preguntó sorprendida─. ¿Qué querrá decir?
 Sin dudas, los globos algo tenían que ver con sus pensamientos o, mejor aun, con sus ilusiones.
 Comenzó entonces a inflar todos y cada uno de los coloridos globos.
 Así, con cada uno fue sucediendo algo similar a lo que sucedía con sus sueños o aspiraciones.
 Algunos quedaban pequeños y flojos, otros explotaban; unos estaban tirantes, otros rebosantes. Unos se escapaban de sus manos, otros se pinchaban con los picos de pájaros entrometidos. Algunos se desinflaban, y otros se mantenían firmes y plenos. Había globos que subían bien alto, pero, antes de perderse en el cielo, bajaban sin remedio y se acostaban en el césped como dormidos. A otros les costaba subir y lo hacían muy despacito, pero llegaban bien arriba y allí quedaban.
 Era evidente que los globos se parecían mucho a las ilusiones, y, viendo lo que ocurría con cada uno,  descubrió algo.
 Cada vez que tomaba un globo en sus manos, cada vez que le daba todo el aire posible, ponía el mismo amor, se tratase de un globo rosa, verde o amarillo. A cada uno le entregaba toda su fuerza, todas sus ganas, todo lo que era y sentía, pero no siempre el resultado era el mismo.
 El destino de cada globo no solo dependía del aire que ella le insuflaba. La altura que alcanzasen, el tiempo que estuviesen en el cielo dependían también de las corrientes de aire, de los obstáculos que encontrasen en su camino, de las inclemencias del tiempo, entre otras tantas cosas.
 El hada se preguntó si valía la pena colocar tanto de sí en cada ilusión, teniendo en cuenta que el poder concretarlas no dependía solo de ella. Por un momento, se turbó y no supo cuál era la respuesta a esa pregunta.
 Se miró y miró a su alrededor, y se vio llena de colores, llena de sueños y de posibilidades. Se imaginó sin globos, sin ilusiones que cumplir y no le gustó esa imagen.
 ¿No sería muy mezquino de su parte ilusionarse solamente con las cosas posibles de alcanzar? Sin dudas lo sería, como sería inútil también, porque nadie sabe a ciencia cierta qué sueño se hará realidad.
 Se puso de pie y recogió los globos que aún quedaban en el césped. Volvió a mover la cabeza de un lado hacia el otro. Esta vez, el polvo de hadas quedó adherido a su cuerpo y a sus alitas.
 No podía ni quería desprenderse del mágico polvillo, brillante y luminoso. Como tampoco podía ni quería desprenderse de sus sueños.
 Era quien era también por esos sueños. Comprendió que cada una de sus ilusiones, cumplida o no, pequeña o grande, importante o nimia, formaba parte de su ser.
 Jamás volvió a sentir que ese don era una carga. Aun cuando las cosas no salieran como lo esperaba, aun cuando sus sueños no se concretasen, sabía que ilusionarse era siempre un regalo.
 Paradójicamente, aunque sus alas estaban llenas del polvillo mágico brillante y luminoso, nunca, jamás las sintió tan livianas.


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