Cuento contigo
Ilusiones y globos
El hada pequeña se sentó en el césped e
intentó acomodar su hermoso par de alitas en el tronco del árbol. Se había
decidido a pensar en sus ilusiones, y sus ilusiones eran muchas y muy
diferentes.
Una vez que encontró una
posición cómoda, se puso a reflexionar sobre todo aquello que soñaba ser y
hacer, en todas aquellas grandes y pequeñas cosas que le provocaban ilusión.
¡Eran tantas! ¿Estaría mal eso? ¿Sería acaso un error hacerse ilusiones por
tantas cosas diferentes? La pequeña no lo sabía… o sí…, pero no estaba segura
de que eso fuera lo correcto.
Siempre había creído que la
capacidad para ilusionarse era un don, una especie de regalo con el cual
algunos nacen, y otros no. Ella había nacido con ese don, porque si algo tenía,
era justamente eso: ilusiones.
Sin embargo, cuando sus
sueños no se concretaban o su esfuerzo por lograrlos parecía no importar mucho
o no existir siquiera, el hadita pensaba que ese don era una especie de peso
con el que cargaban sus alas.
Sentada bajo la sombra del
árbol, comenzó a repasar sus pequeñas y grandes ilusiones:
- Un día de sol (esa era
sencilla, porque, día más, día menos, el sol siempre sale).
- Ser la mejor
hada sobre la Tierra (difícil, por cierto, ¿con qué varita se mide quién es
mejor que otro?).
- No bajar jamás
los brazos –las alitas tampoco– sean cuales sean las adversidades (más difícil
aún; hasta las pequeñas hadas, de vez en cuando, se cansan de luchar).
- Sonreír siempre,
y que su sonrisa sea una guía y un consuelo para otros (poco real, sin dudas,
no siempre hay motivos para sonreír).
- Ser feliz (nada
original… e ¿imposible también?).
La lista seguía y
seguía.
El hadita decidió que debía hacer
una seria revisión de sus ilusiones porque sentía que cada día, un poquito más,
aquellas que no se cumplían le provocaban más tristeza.
─¿Estaré más vieja? ─se
preguntó y al instante se dio cuenta de que la pregunta era tonta. No solo
porque las hadas no envejecen, sino, además, porque ser viejo no debería tener
que ver con la tristeza. Movió su cabecita de un lado al otro como para sacudir
esas ideas poco felices y desparramó polvo de haditas en el verde césped.
Como por arte de magia o,
mejor dicho, como por magia de hadita, cada pequeña partícula de polvo
esparcida se convirtió en un globo. De pronto, muchos globos, tantos como las
ilusiones de la pequeña, rodearon al hadita.
─¿Y esto? ─se preguntó
sorprendida─. ¿Qué querrá decir?
Sin dudas, los globos algo
tenían que ver con sus pensamientos o, mejor aun, con sus ilusiones.
Comenzó entonces a inflar
todos y cada uno de los coloridos globos.
Así, con cada uno fue
sucediendo algo similar a lo que sucedía con sus sueños o aspiraciones.
Algunos quedaban pequeños y
flojos, otros explotaban; unos estaban tirantes, otros rebosantes. Unos se
escapaban de sus manos, otros se pinchaban con los picos de pájaros
entrometidos. Algunos se desinflaban, y otros se mantenían firmes y plenos.
Había globos que subían bien alto, pero, antes de perderse en el cielo, bajaban
sin remedio y se acostaban en el césped como dormidos. A otros les costaba
subir y lo hacían muy despacito, pero llegaban bien arriba y allí quedaban.
Era evidente que los globos
se parecían mucho a las ilusiones, y, viendo lo que ocurría con cada uno,
descubrió algo.
Cada vez que tomaba un globo
en sus manos, cada vez que le daba todo el aire posible, ponía el mismo amor,
se tratase de un globo rosa, verde o amarillo. A cada uno le entregaba toda su
fuerza, todas sus ganas, todo lo que era y sentía, pero no siempre el resultado
era el mismo.
El destino de cada globo no
solo dependía del aire que ella le insuflaba. La altura que alcanzasen, el
tiempo que estuviesen en el cielo dependían también de las corrientes de aire,
de los obstáculos que encontrasen en su camino, de las inclemencias del tiempo,
entre otras tantas cosas.
El hada se preguntó si valía
la pena colocar tanto de sí en cada ilusión, teniendo en cuenta que el poder
concretarlas no dependía solo de ella. Por un momento, se turbó y no supo cuál
era la respuesta a esa pregunta.
Se miró y miró a su
alrededor, y se vio llena de colores, llena de sueños y de posibilidades. Se
imaginó sin globos, sin ilusiones que cumplir y no le gustó esa imagen.
¿No sería muy mezquino de su
parte ilusionarse solamente con las cosas posibles de alcanzar? Sin dudas lo
sería, como sería inútil también, porque nadie sabe a ciencia cierta qué sueño
se hará realidad.
Se puso de pie y recogió los
globos que aún quedaban en el césped. Volvió a mover la cabeza de un lado hacia
el otro. Esta vez, el polvo de hadas quedó adherido a su cuerpo y a sus alitas.
No podía ni quería
desprenderse del mágico polvillo, brillante y luminoso. Como tampoco podía ni
quería desprenderse de sus sueños.
Era quien era también por
esos sueños. Comprendió que cada una de sus ilusiones, cumplida o no, pequeña o
grande, importante o nimia, formaba parte de su ser.
Jamás volvió a sentir que
ese don era una carga. Aun cuando las cosas no salieran como lo esperaba, aun
cuando sus sueños no se concretasen, sabía que ilusionarse era siempre un
regalo.
Paradójicamente,
aunque sus alas estaban llenas del polvillo mágico brillante y luminoso, nunca,
jamás las sintió tan livianas.